La niña que supo escucharse y escuchar

La niña que supo escucharse y escuchar

Una mirada a la niña que fui, a lo que ya sabía entonces y a todo lo que la vida me enseñó a reconocer.

Hoy, en el Día del Niño, quiero volver por un momento a mi infancia para reconocer quién ya estaba siendo.

Cuando miro hacia atrás, encuentro señales que estuvieron presentes mucho antes de que pudiera ponerles un nombre.

Era la hija del medio y recuerdo que observaba muchísimo a mi hermana y a mi hermano. Intentaba entenderlos, descubrir qué les pasaba, cómo pensaban, qué necesitaban. Muchas veces buscaba la manera de ayudarlos.

Observar, escuchar y comprender a las personas siempre me resultó natural.

También recuerdo que no me interesaban demasiado algunos de los juegos que se suponía que tenían que gustarme.

No me llamaba especialmente jugar a la mamá.

A mí me gustaba jugar a la maestra, a la animadora, a la administrativa, a la oficina.

Me encantaba tener un micrófono.

Me gustaba hablar, organizar, explicar.

Y me encantaba escuchar.

Mis amigos muchas veces me contaban sus cosas y yo encontraba alguna palabra para decirles, alguna pregunta para hacerles o simplemente un espacio para escucharlos.

Hoy, con la perspectiva de los años, me resulta muy bonito reconocer que aquello que hacía espontáneamente de niña también terminó formando parte de mi camino profesional.

A los cuatro años ya sabía decir que no

Hay una historia de mi infancia que todavía recuerdo perfectamente.

Tenía cuatro años y mi mamá me llevaba a folclore porque mi hermana hacía toda la carrera y llegó a ser profesora.

Yo tenía mi vestidito de folclore.

Pero después de ese año decidí que no quería continuar.

Y no fue precisamente de una manera diplomática.

Recuerdo haber dicho, delante de mi mamá y de las profesoras:

“No quiero ir más. Me parecen todas pavadas.”

A mi mamá, por supuesto, aquella expresión la avergonzó bastante.

Pero lo más curioso es que no me limité a decirlo.

Me escapé de la clase.

Crucé la calle, me fui a casa y dejé muy claro que no quería volver.

Hoy me hace sonreír recordarlo.

Quizás aquella niña no estaba rechazando el folclore.

Quizás estaba empezando a descubrir algo sobre sí misma:

no quería hacer algo solamente porque los demás lo hacían.

No quería seguir un camino simplemente porque era el que estaba marcado.

Necesitaba sentir si eso era mío.

Siempre hubo un observador dentro de mí

Con los años estudié inglés, fui aplicada, aprendí, cumplí y también disfruté de muchas de las cosas que formaban parte de mi entorno.

Pero había algo que siempre permanecía.

Un observador interno.

Escuchaba lo que me decían, pero antes de tomarlo como propio había una parte de mí que preguntaba:

¿Esto es realmente para mí?

¿Yo también quiero esto?

¿Qué sé yo sobre esto?

No necesariamente necesitaba llevar la contra.

Simplemente necesitaba comprobarlo por mí misma.

Y creo que esa ha sido una de las grandes constantes de mi vida: aprender a reconocer mi propio saber y animarme a seguirlo, incluso cuando no coincidía exactamente con lo que se esperaba de mí.

Y después llegó la adolescencia

Llegaron los bailes, la música, los amigos, los primeros amores.

Me encantaba salir.

Disfrutaba muchísimo.

Pero también ahí aparecía esa sensación de ser un poco diferente.

Mientras algunas amigas podían pasar horas pensando en la producción, en quién estaría esa noche, con quién iban a salir o qué chico les gustaba, yo podía disfrutar de todo eso y, al mismo tiempo, aburrirme un poco de algunas de esas conversaciones.

Tenía mi noviecito, me gustaba la música, me encantaba bailar.

Pero también podía terminar sentada en el patio de un boliche escuchando las historias de un amigo, de alguien que acababa de conocer o de cualquier persona que necesitara contarme algo.

Y ahí estaba otra vez.

Escuchando.

Preguntando.

Intentando comprender.

A veces dando una palabra.

Sin saberlo, estaba haciendo algo que después se convertiría en parte fundamental de mi vida.

Acompañar a las personas.

Hoy miro a esa niña de otra manera

Durante muchos años quizás interpreté algunas de estas cosas simplemente como “ser diferente”.

Hoy las miro con más curiosidad y gratitud.

Esa niña que observaba.

Que hacía preguntas.

Que escuchaba.

Que no quería hacer algo solo porque todos lo hacían.

Que se animaba a decir que no.

Que buscaba su propia manera.

Que disfrutaba de tener un micrófono.

Que podía pasar de jugar a la maestra a escuchar las historias de sus amigos.

Esa niña ya sabía muchas cosas.

Solo que todavía no sabía cómo llamarlas.

Y quizás no hacía falta.

Gracias

Hoy quiero agradecerle especialmente a ella.

A esa niña.

Por haberse escuchado.

Por haber confiado, aun sin saber exactamente hacia dónde iba.

Por no haberse obligado a encajar siempre.

Por haber conservado su curiosidad.

Por seguir preguntándose qué era verdadero para ella.

Y también quiero agradecer a mis padres.

Por haberme acompañado, incluso cuando seguramente algunas de mis decisiones no eran las que esperaban.

A mi familia.

A mis hermanos.

A mis amigos.

A todas las personas que fueron parte de mi historia y que, de una manera u otra, contribuyeron a que pudiera convertirme en quien soy.

Y a todas las personas que a lo largo de mi vida confiaron en mí, me contaron sus historias, me permitieron acompañarlas y también me enseñaron tanto.

Gracias por confiar en mí.

Y, sobre todo, gracias a mí.

Por haber seguido tantas veces ese saber interno.

Por haberme permitido cambiar.

Por haber elegido caminos propios.

Por continuar preguntándome qué más es posible.

Quizás crecer no sea dejar atrás al niño que fuimos

Quizás crecer sea aprender a escucharlo de otra manera.

Preguntarle qué sabe.

Qué desea.

Qué le da curiosidad.

Qué ya no quiere.

Qué quiere explorar.

Y darle permiso para seguir siendo quien es.

Hoy, en el Día del Niño, pienso especialmente en esto:

¿Qué sabía de ti ese niño que todavía no te has permitido escuchar?

Porque quizás dentro de cada niño hay mucho más que una profesión futura o un talento por descubrir.

Hay una manera única de mirar el mundo.

Una sensibilidad.

Una curiosidad.

Un saber.

Una forma de contribuir.

Y quizás el verdadero regalo sea no intentar convertirlo en alguien determinado, sino acompañarlo para que pueda descubrirlo por sí mismo.

Hoy abrazo a la niña que fui.

No necesito cambiarla.

No necesito explicarle nada.

Solo quiero decirle:

Gracias por escucharte.
Gracias por escuchar.
Gracias por no dejar de ser tú.

Con amor y gratitud,

Evangelina Aronne
Lic. en Psicología · Facilitadora de Access Bars®
Ibiza

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