Ibiza, donde el corazón puede tener dos camisetas

Ibiza, donde el corazón puede tener dos camisetas

Ibiza, donde el corazón puede tener dos camisetas

Una mirada desde la psicología sobre el Mundial, la identidad y el poder de las emociones compartidas.

Por Lic. Evangelina Aronne

Hay acontecimientos deportivos que trascienden el resultado. Nos recuerdan quiénes somos, de dónde venimos y con quién elegimos compartir los momentos importantes. La final del Mundial entre España y Argentina es uno de ellos.

Vivir en Ibiza me ha permitido descubrir que pocas islas representan tan bien la diversidad del mundo. Aquí conviven personas de decenas de nacionalidades; cada día se cruzan idiomas, culturas e historias de vida. Y cuando llega un evento como un Mundial, esa riqueza humana se vuelve aún más visible.

En bares, restaurantes, hoteles, beach clubs y hogares de toda la isla habrá pantallas encendidas, camisetas, banderas y mucha emoción. Algunos vestirán de rojo. Otros de celeste y blanco. Muchos simplemente disfrutarán del privilegio de presenciar un acontecimiento histórico.

Porque durante noventa minutos dejamos de ser desconocidos para compartir una misma emoción.

Ibiza es, probablemente, uno de los pocos lugares donde una final como esta puede vivirse desde tantos países al mismo tiempo. En una misma mesa pueden coincidir un español, un argentino, un italiano, un francés, un alemán, un inglés, un brasileño o un mexicano. Algunos tendrán un favorito; otros celebrarán simplemente el espectáculo. Lo extraordinario es que la isla vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: crear encuentros.

Las videollamadas volverán a unir Ibiza con Madrid, Barcelona, Buenos Aires, Córdoba, Rosario y también con Inriville, mi querido pueblo natal, donde muchas familias volverán a reunirse frente al televisor, como lo hicieron tantas generaciones antes.

La distancia desaparece cuando una emoción se comparte.

Pero quizá la imagen más representativa de Ibiza sea otra: argentinos que encontraron en España un nuevo hogar; españoles que hicieron de Argentina parte de su historia; parejas mixtas; hijos de dos culturas; amigos que cruzan el Atlántico y familias donde una misma mesa reúne camisetas de ambos colores.

Para muchos residentes, esta final no enfrenta dos países. Une dos partes de su propia identidad. Porque el corazón tiene la extraordinaria capacidad de querer más de un lugar al mismo tiempo.

Hay un recuerdo que vuelve a mí cada vez que llega un Mundial. En 2010, durante unas vacaciones en Barcelona, tuve la oportunidad de vivir la noche en que España se proclamó campeona del mundo. Recuerdo salir a la calle y encontrar una ciudad completamente transformada. Miles de personas celebraban, cantaban y se abrazaban sin conocerse. Yo tampoco conocía a nadie y, sin embargo, terminé formando parte de aquella celebración.

Aquella noche comprendí que un Mundial nunca pertenece únicamente a un equipo. También pasa a formar parte de la memoria de un país y de quienes tuvieron la suerte de vivir ese momento. A veces, incluso, aprendemos que celebrar la alegría del otro también puede convertirse en un recuerdo propio.

Hoy, viviendo en Ibiza y siendo argentina, siento el privilegio de mirar esta final desde ambos lados. Comprendo la ilusión de quienes alientan a España y también la emoción de quienes sueñan con otra estrella para Argentina. Quizá por eso esta final me invita más a celebrar el encuentro que la rivalidad.

Durante este Mundial me descubrí observando mucho más que un partido de fútbol. Cada selección expresaba una manera distinta de vivir el deporte y, en cierto modo, también una forma de entender la vida. Para algunos, llegar a una semifinal era un sueño histórico; para otros, casi una obligación. Cambiaban las expectativas, la presión, la forma de afrontar la victoria y también la derrota.

Cada pueblo expresa parte de su identidad a través del deporte.

Desde la psicología sabemos que el fútbol despierta mucho más que pasión.

Activa la memoria emocional.

Una camiseta guardada durante años, una bandera en un balcón, un álbum de figuritas, una canción de cancha o el sonido del himno pueden transportarnos de inmediato a la infancia, a otro Mundial o al abrazo de alguien que hoy ya no está. No son simples objetos. Son recuerdos cargados de significado.

También aparecen los rituales.

¿Con quién vas a ver el partido? ¿En casa, en un bar o rodeado de amigos?

En Argentina se encenderán miles de asados; en España se compartirán tapas, tortilla, paella, vino o unas cañas. Habrá mate, café y largas sobremesas. Más allá del menú, lo importante será compartir. Son esos pequeños momentos los que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en los recuerdos más valiosos.

El Mundial también deja otra enseñanza que va mucho más allá del deporte.

Detrás de cada gran jugador hay preparación física, fortaleza mental, gestión emocional, liderazgo, resiliencia y una enorme capacidad para mantenerse presente bajo presión.

Pero también hay una familia que acompaña, un cuerpo técnico que guía, compañeros que sostienen e hinchas que siguen creyendo incluso en los momentos difíciles.

El alto rendimiento nunca es una construcción individual.

Cada vez comprendemos mejor que el verdadero entrenamiento es integral. El cuerpo necesita preparación física; la mente, claridad; las emociones, equilibrio; y el propósito, una dirección. Aprender a respirar, sostener la calma y volver al momento presente también forma parte del entrenamiento para la vida.

Hace unos días viví una escena que resume todo esto. Mi mamá, mitad argentina y mitad española, lleva meses con dificultad para levantarse. Sin embargo, cuando juega la selección, es la primera en sentarse frente al televisor. Se pone la camiseta, alienta durante todo el partido y, fiel a su optimismo, siempre se anima a pronosticar el resultado.

Entonces comprendí que aquello que nos emociona también puede devolvernos la energía para vivir.

Y si hay una figura que simboliza esa capacidad de inspirar, es Lionel Messi. Más allá de cualquier camiseta, representa perseverancia, humildad, disciplina y constancia. Nos recuerda que la excelencia rara vez nace únicamente del talento; casi siempre es el resultado de años de esfuerzo silencioso, de aprender de las derrotas y de seguir adelante cuando el objetivo todavía parece lejano.

Cuando el árbitro marque el final, una selección levantará la Copa del Mundo.

Pero, una vez más, Ibiza habrá demostrado que el deporte sigue siendo uno de los pocos lugares donde las diferencias no separan, sino que se sientan a la misma mesa.

Dentro de unos años quizá olvidemos una alineación o una estadística. Sin embargo, difícilmente olvidemos con quién vimos esta final, a quién abrazamos después de un gol o desde qué rincón del mundo compartimos esa emoción.

Porque los Mundiales terminan, pero los abrazos, las emociones y los recuerdos permanecen.

Quizá por eso disfruto tanto escribiendo sobre estos temas. Porque el deporte, igual que la psicología, habla de personas. De vínculos. De identidad. De resiliencia. De sueños. Y de esa extraordinaria capacidad que tenemos para emocionarnos cuando sentimos que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Y quizá esa sea la mayor victoria de todas: descubrir que, desde una playa de Ibiza hasta la plaza de Inriville; desde un bar de Santa Eulària hasta una casa en Córdoba o un café en Madrid, el fútbol sigue recordándonos que, más allá de las fronteras, las banderas y el resultado, todos compartimos la misma necesidad de emocionarnos, pertenecer y celebrar la vida.


Lic. Evangelina Aronne
Psicóloga · Facilitadora Certificada de Access Bars® · Consultora en Bienestar Integral
Argentina, residente en Ibiza desde 2020

www.evangelinaaronne.com

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